martes, 11 de mayo de 2010

Ulcera

Sentado en el inodoro no sintió nada. Su vientre hacia ruidos comunes para esas horas de la mañana cuando, de costumbre, se preparaba para el resto del día. No se percato de los fluidos que se derramaban por el interior de su cuerpo, una mezcla de mierda, sangre y jugos gástricos. El dolor nunca llego, el ardor se contuvo. Parándose como todos los días frente al espejo planifico sus caras del día. Una sonrisa para Teresa que cuidaba el kiosco del padre en la esquina, una mueca cordial para Alberto que regaba los árboles de la vereda aunque no era parte de su trabajo. Se sentía un poco hinchado, nada mas, debía ser la gran cena de anoche. Cuanta comida había ingerido, que grata compañía había disfrutado. Allí conoció a Victoria, una joven secretaria, recientemente enviudada de un conocido de la familia. Habían conversado hasta tarde, riéndose de sus chistes, abriéndose uno al otro como si se conocieran de toda la vida. Tenía una sonrisa maravillosa y cada vez que la empleaba algo dentro suyo parecía derretirse. Quedaron en tomar un café el próximo domingo en la terraza del mismo restaurante. Sintió el golpe de su frente contra la pileta al desplomarse delante del espejo. El suelo estaba frío pero el aire seguía acalorado por el vapor de la reciente ducha. Tenia una leve acidez en el estomago que atribuyo a la pasta de dientes nueva que había comprado, cansado de la anterior que no parecía mejor su limpieza bucal. Tendido sobre la loza del baño boca abajo se indigno por la suciedad que vio detrás del inodoro. Le iba a tener que decir a la empleada que limpie mejor. La había contratado hace no más de un mes y todavía no estaba satisfecho con su trabajo. Lo despertaba temprano con el sonido abrumador de la aspiradora antigua de su madre y lo molestaba en sus momentos de lectura con mandados al supermercado para comprar productos de limpieza. Estaba seguro de que después se los llevaba a la casa. Como puede ser que un lustrador de pisos dure tan solo una semana. Empezó a sentir el sabor a mierda en su lengua, o ¿seria el olor por la nariz? No podía estar seguro, ¿de donde salía? Había tirado la cadena. A su derecha vio como se deslizaba un liquido amarronado y rojizo por las canaletas entre las baldosas. Parecía venir desde la puerta del baño, pero no podía ver bien con la cabeza torcida de esa manera contra el suelo. Seguramente venia del oxido de la canilla debajo de la pileta. Iba a tener que llamar al plomero. Ese hijo de puta que siempre venia y cobraba una fortuna por desarmar el baño y dejar caños y pelos por el suelo. El dolor en su estomago se comenzó a propagar a otros sectores de su cuerpo, sintió una punzada en el ano. Una mezcla de intenso calor que le provocaba un penetrante dolor y un frío casi líquido que a medida que corría lo aliviaba. El riachuelo que se había formado entre las baldosas se le acercaba lentamente a la cara. Estaba a solo unos 4 centímetros. Percatándose que su boca se encontraba justo sobre esa misma canaleta por el cual corría el líquido, intento mover la cabeza. Imposible. 3 centímetros. Sentía un olor ahora muy fuerte, casi metálico. Le recordaba al día que, caminando placidamente por la calle, habían degollado a la persona que caminaba delante de el. Luego se entero que fue un ajuste de cuentas por una apuesta perdida. La sangre había salpicado su saco nuevo y algunas gotas habían llegado a sus labios. 2 centímetros. El ardor le llego a la garganta y empezó a sentir ese mismo gusto fecal en la parte de atrás de su boca. No parecía vomito, pero tampoco recordaría como seria si lo fuera. No había vomitado desde la fiesta de Ricardo en Mar del Plata. Esos amigos nuevos de su antiguo compañero de la escuela si que sabían tomar. Había sido difícil mantenerles el ritmo y finalmente tuvo que irse al baño donde paso el resto de la noche con la cabeza en el inodoro mientras todos salían de juerga. 1 centímetro. Que desagradable este olor, seguramente iba a tener que ducharse devuelta antes de ir a trabajar. Como explicarle al jefe que nuevamente llegaba tarde por una emergencia personal y no un capricho de soltero. Ese conchudo nunca entendía. A veces se preguntaba si el jefe no vivía dentro de la oficina. Nunca había entrado en su oficina pero sospechaba que abajo del escritorio tenia una cama. Todos lo pensaban pero nadie se animaba a preguntarle. Medio centímetro. Sintió una gota caer de sus labios. Sintió el pequeño hilo de liquido tocar suavemente sus labios, sensualmente mojándolos, como un beso levemente húmedo de una amada con lápiz labial de sabor a mierda, sangre y jugos gástricos.

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