Sentado en el aula, Marcos miraba al vacío. La voz de su profesora y el ocasional sobresalto de alguno de sus compañeros habían quedado muy atrás en su cabeza, envuelta en una manta fabricada por sus pensamientos, dejándolo libre para soñar de absolutamente nada. Solo su mandíbula, imitando la de una vaca pastando, daba fe de que todavía estaba en este mundo. Su cable a tierra, su cable a las nubes, dependiendo de dónde lo veas. Su boca no pedía instrucciones, estaba automatizada, sabía lo que tenía que hacer, sin importar el lugar ni la hora. Todos los engranajes coincidieron, la consistencia era perfecta. Esperando que lo dientes se abrieran mínimamente, la lengua se acomodó y el paladar presiono levemente sobre ella para crear una contención. Con cuidado casi quirúrgico la lengua dio su empuje final. Un milímetro era el margen de error entre el éxito y el fracaso. Se contorsiono hacia abajo, dándole ese toque que la experiencia le había enseñado hacía falta para lograr los mejores resultados. Ahora todo dependía del aire, de la habilidad de los pulmones. Pero ellos también sabían cómo era esto. No era la primera vez, y no sería la última, eran jóvenes todavía. Lentamente el aire empezó a entrar, inflando, el producto simple de la complejidad a la vista de todos. Una inocente diversión decorando una cara aburrida.
“MARCOS!, tirá ese chicle!”
No fue tanto el grito como la mirada de su profesora y el silencio de sus compañeros que devolvieron a Marcos a su lugar en la tierra. Con un movimiento fluido elevo el brazo, acerco la mano a su boca, estiro los dedos y se sacó el chicle de la boca. “Tiralo” había dicho la profesora, pero nunca fue una opción para él. El tacho estaba lejos, el piso sería perjudicial para todos, no era apto para su bolsillo, por ahí si lo enrollaba en un papel, en el mismo envoltorio. ¿Dónde lo había dejado? “Ya fue” pensó, no valía la pena, lo llevo por debajo del banco, y sin conocer con exactitud el estado del sitio, sintió como la yema de su dedo se humedecía y hundía en el chicle. Retiro el dedo de un movimiento que requería la medida justa de velocidad y destreza para ponerle punto final a la situación, y levanto la mirada. Se concentró nuevamente en el vacío, intentando dar con él, pero ya no era lo mismo. “Ya fue” pensó, “sale otro”.